Recuerdo
mi primera clase de inglés, no recuerdo la edad que tenía pero sé que era muy
pequeña, en el colegio todavía no habíamos empezado a estudiar inglés y aquello
era nuevo para mí. Fue en una academia en Vigo, y todos mis compañeros eran
adultos. Tal vez hubiera adultos y adolescentes pero para mí eran todos
extraños altos como torres que intimidaban tanto o más que la profesora. Estábamos
en un aula dispuestos en sillas colocadas en semicírculo y la profesora nos
hablaba todo en inglés y hacía preguntas que yo no sabía responder. ¡Qué mal lo
pasaba! Claro que eso fue al principio hasta que empecé a coger un poco de
ritmo pero sí que la primera clase fue un poco traumática si no, ¿cómo alguien
con mi memoria iba a recordar aquella primera clase?
¿Por
qué os cuento esto? Os preguntaréis, cuando dije que no os usaría de
psicólogos. Simplemente para ilustrar cómo una primera mala experiencia no
siempre acaba mal. Y es que, gracias a la insistencia de mi familia por que
estuviera en constante contacto con el inglés, desde aquella primera clase, se
sucedieron muchas otras, en diferentes entornos, algunos más acertados que
otros y tal vez fuera eso, un contacto continuo y la ayuda de mi familia lo que
me hizo desarrollar el gusto por los idiomas.
Lo que
me gustaría analizar en esta entrada es cómo fue mi contacto con los idiomas
desde el punto de vista de alumna.
En aquella primera academia, usábamos un método Callan basado en un sistema
pregunta-respuesta con una alta velocidad de interacción de manera que el profesor consigue que el
alumno no tenga tiempo de traducir mentalmente las preguntas a su lengua
inicial y desarrolle una respuesta automática en la lengua extranjera. No me
convenció y sigue sin hacerlo. No digo que sea un mal método, y de hecho según
tengo entendido fue un método innovador que dio muy buenos resultados.
Luego
se sucedieron diferentes academias y clases particulares. La mayoría utilizaba
a partes iguales el inglés y el español como lenguas vehiculares y se centraban
en actividades comunicativas con un contexto bien definido, una introducción al
tema, una breve explicación de las nociones gramaticales y de vocabulario
pertinentes y la realización de ejercicios prácticos.
De
todas ellas tengo mejor recuerdo de aquellas que se adaptaban mejor a mi edad,
las que eran más divertidas, jugabas y dejabas los libros de texto a un lado
para simplemente pasar un rato en un mundo en el que “hablaban raro”.
Y luego
estaban las clases del colegio, todas iguales. El profesor llegaba, nos mandaba
leer sin saber qué leíamos, en el mejor de los casos nos ponía un listening, nos mandaba aprender listas
de vocabulario y verbos, hacíamos esquemas de gramática y un montón de ejercicios
escritos. Esto es lo que considero el método
convencional, pues es el que ha estado más presente a lo largo de mi vida
como estudiante, tanto en los años de colegio e instituto como en muchas clases
particulares y academias.
En la
universidad fue cuando profundicé en el aprendizaje de idiomas. Hice traducción
e interpretación en la especialidad de francés-español. Curioso pues la única
vez que había visto francés había sido unos 4 años antes en el instituto y para
eso, no recordaba ni cómo presentarme. Fue duro pero con mucho trabajo conseguí
acabar la carrera y aprender un nuevo idioma.
¿Cuál
fue el mejor método? Sin duda la inmersión lingüística. Además de algunos
cursos de verano de 3-4 semanas, pasé un curso completo en Francia, con la
excusa del Erasmus, y digo excusa porque como ayuda económica, la beca era más bien insignificante. Y en esto tengo la total seguridad de decir
que aquella fue la mejor experiencia de aprendizaje que he tenido y donde
realmente aprendí a hablar francés. Y esto confirma la idea de que no hay nada como
una necesidad de comunicación real, en un contexto real para sacar todo lo que
hay en uno mismo y aprender, pues todos tenemos una necesidad de comunicar,
sólo hay que ponerse en situación para desarrollar nuestras habilidades.
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