domingo, 14 de diciembre de 2014

Echando la vista atrás

Recuerdo mi primera clase de inglés, no recuerdo la edad que tenía pero sé que era muy pequeña, en el colegio todavía no habíamos empezado a estudiar inglés y aquello era nuevo para mí. Fue en una academia en Vigo, y todos mis compañeros eran adultos. Tal vez hubiera adultos y adolescentes pero para mí eran todos extraños altos como torres que intimidaban tanto o más que la profesora. Estábamos en un aula dispuestos en sillas colocadas en semicírculo y la profesora nos hablaba todo en inglés y hacía preguntas que yo no sabía responder. ¡Qué mal lo pasaba! Claro que eso fue al principio hasta que empecé a coger un poco de ritmo pero sí que la primera clase fue un poco traumática si no, ¿cómo alguien con mi memoria iba a recordar aquella primera clase?

¿Por qué os cuento esto? Os preguntaréis, cuando dije que no os usaría de psicólogos. Simplemente para ilustrar cómo una primera mala experiencia no siempre acaba mal. Y es que, gracias a la insistencia de mi familia por que estuviera en constante contacto con el inglés, desde aquella primera clase, se sucedieron muchas otras, en diferentes entornos, algunos más acertados que otros y tal vez fuera eso, un contacto continuo y la ayuda de mi familia lo que me hizo desarrollar el gusto por los idiomas.

Lo que me gustaría analizar en esta entrada es cómo fue mi contacto con los idiomas desde el punto de vista de alumna.

En  aquella primera academia, usábamos un método Callan basado en un sistema pregunta-respuesta con una alta velocidad de interacción  de manera que el profesor consigue que el alumno no tenga tiempo de traducir mentalmente las preguntas a su lengua inicial y desarrolle una respuesta automática en la lengua extranjera. No me convenció y sigue sin hacerlo. No digo que sea un mal método, y de hecho según tengo entendido fue un método innovador que dio muy buenos resultados.

Luego se sucedieron diferentes academias y clases particulares. La mayoría utilizaba a partes iguales el inglés y el español como lenguas vehiculares y se centraban en actividades comunicativas con un contexto bien definido, una introducción al tema, una breve explicación de las nociones gramaticales y de vocabulario pertinentes y la realización de ejercicios prácticos.

De todas ellas tengo mejor recuerdo de aquellas que se adaptaban mejor a mi edad, las que eran más divertidas, jugabas y dejabas los libros de texto a un lado para simplemente pasar un rato en un mundo en el que “hablaban raro”.

Y luego estaban las clases del colegio, todas iguales. El profesor llegaba, nos mandaba leer sin saber qué leíamos, en el mejor de los casos nos ponía un listening, nos mandaba aprender listas de vocabulario y verbos, hacíamos esquemas de gramática y un montón de ejercicios escritos. Esto es lo que considero el método convencional, pues es el que ha estado más presente a lo largo de mi vida como estudiante, tanto en los años de colegio e instituto como en muchas clases particulares y academias.

En la universidad fue cuando profundicé en el aprendizaje de idiomas. Hice traducción e interpretación en la especialidad de francés-español. Curioso pues la única vez que había visto francés había sido unos 4 años antes en el instituto y para eso, no recordaba ni cómo presentarme. Fue duro pero con mucho trabajo conseguí acabar la carrera y aprender un nuevo idioma.


¿Cuál fue el mejor método? Sin duda la inmersión lingüística. Además de algunos cursos de verano de 3-4 semanas, pasé un curso completo en Francia, con la excusa del Erasmus, y digo excusa porque como ayuda económica, la beca era más bien insignificante. Y en esto tengo la total seguridad de decir que aquella fue la mejor experiencia de aprendizaje que he tenido y donde realmente aprendí a hablar francés. Y esto confirma la idea de que no hay nada como una necesidad de comunicación real, en un contexto real para sacar todo lo que hay en uno mismo y aprender, pues todos tenemos una necesidad de comunicar, sólo hay que ponerse en situación para desarrollar nuestras habilidades. 

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